
– ¿Y tus aficiones? La medicina, mi señora -dijo Olimpia respondiendo por él con una muy buena imitación de su voz.
Se acercó hasta dominarlo con su estatura. Telamón advirtió que uno de los Compañeros de a pie se movía ligeramente a un costado para no perderle de vista.
– Has estado en todas partes, Telamón. Déjame recordarlo: Cos, Samos, Chios, Atenas, Menfis, Abidos, Tebas en Egipto…
– Incluso en Tarento, en el sur de Italia -precisó Telamón acabando la lista por ella.
Olimpia tocó el anillo en la mano izquierda del físico, que mostraba en su sello a Esculapio y a Apolo, el sanador.
– ¿Así que de verdad crees en los dioses, Telamón?
– Si los dioses cometen actos vergonzosos, menos dioses son.
– ¿Es uno de tus aforismos?
– No, mi señora. Eurípides.
– Ah, el que habla de la consciencia inmortal. ¿Crees en la vida después de la muerte, Telamón?
– La otra vida es una fuente sellada -respondió Telamón con otra cita de Eurípides-. Esta vida ya tiene bastantes problemas.
Olimpia abrió mucho los ojos en un gesto de sorpresa.
– ¿A ti, un físico, no te gusta la vida? ¿No tienes nada más allá de la medicina? ¿Ninguna ambición? ¿A ningún protector? ¿Ningún deseo de mejorar tu posición? ¿Por qué eres tan triste, Telamón?
– Como dice el poeta, mi señora: «Nuestros versos más dulces son aquellos que relatan nuestros pensamientos más tristes».
– Te gusta Eurípides -observó Olimpia sentándose en el borde de la tarima con las manos apoyadas en las rodillas-. De todos los compañeros de mi hijo, Telamón, tú eres el que más me gusta. ¿Sabes por qué? Porque no representas ninguna amenaza. No quieres ser un general. No quieres ser un soldado. No quieres pavonearte. Diría que eres un rompecorazones. ¿Tenías una esposa en Egipto?
– Sólo una amante.
– ¿Murió?
– Era una muchacha del templo de Isis. Una sacerdotisa, mi señora. Un soldado abusó de ella, cayó enferma y murió. Yo estaba ausente cuando pasó.
