
Eneas el Táctico, «Sobre la defensa de los lugares fortificados», 31.24
La muchacha corría. No sabía hacia dónde ni por qué. Se detuvo y miró atrás a lo largo del polvoriento sendero bordeado por robles que susurraban con el viento. Estaba segura de que las Furias, como águilas chillonas, se estaban lanzando sobre ella para arrastrarla de nuevo a los terrores de los que había escapado. Hizo una pausa y contempló su vestido, roto y manchado de sangre; los pies le sangraban de una multitud de cortes. El golpe en la cabeza parecía haberlo cambiado todo. Los robles se movían como un reflejo en un arroyo. Le llegaban unos sonidos muy lejanos. Avanzó tambaleándose, consciente del dolor en la espalda y los hombros. Se tocó el rostro y torció el gesto en una mueca de dolor al notar los golpes alrededor de la boca. «Una muchacha de rostro dulce.» Así la había descrito uno de los marineros. ¿Marineros? La muchacha se detuvo de nuevo. Eso era algo que sí recordaba: el viaje por mar, la pequeña barca de pesca… Estaba sentada allí con otras mujeres y la escolta que les había enviado el jefe de la aldea. Habían sentido miedo, pero eran felices. La otra muchacha era una desconocida, más avezada. ¿Por qué las habían cogido? ¿Alguna vieja historia resurgida del pasado? La joven miró a través de una abertura entre los robles. A lo lejos se veía una montaña con la cumbre cubierta de nieve. ¿Era el Olimpo? ¿Iba a la casa de los dioses? Se acuclilló en el camino. ¿Por qué estaba aquí? Recordó vagas imágenes referentes a Casandra y la reparación de un crimen siniestro, una sacerdotisa muerta, la sangre que clamaba al cielo reclamando venganza…
La joven se levantó y continuó tambaleante. Llegó a un recodo y los robles dieron paso a una amplia llanura barrida por el viento. El brillo de un río llamó su atención.
