
– No te puedo garantizar nada, Telamón -sentenció antes de hacer una pausa y contemplar las gruesas vigas que sostenían el techo-. Aquí fue donde se ahorcó mi rival Eurídice.
– ¿Me estás amenazando?
– No, Telamón, te lo aseguro. Si te unes a mi hijo, tu madre, la viuda de tu hermano, que sé que te gusta, y su vivaz chiquillo estarán siempre seguros. Serán mis amigos y yo seré su protectora.
– ¿Contra qué?
Olimpia extendió las manos.
– Accidentes, ocurrencias desafortunadas.
Telamón exhaló un suspiro y tiró de una hebra suelta de su capa. Tendría que pedir a su madre que se ocupara de arreglarla. El miedo había pasado; la amenaza estaba clara. Telamón se levantó y caminó hacia la puerta. El oficial de guardia desenvainó la espada. Olimpia debió haberle hecho un gesto, porque volvió a envainarla.
– ¿Dónde vas, Telamón? Ya ves cuánto te quiero. Ningún hombre me vuelve la espalda.
Telamón se volvió.
– Mi señora, voy a preparar mi equipaje. El viaje a Sestos es un viaje muy largo.
Olimpia sonrió. Se acercó a la mesa para buscar entre las joyas. Cogió una bolsa de monedas y se la arrojó a Telamón, quien la cogió con destreza.
– ¡Eso es para tu viaje, físico!
Telamón desató el cordón, puso la bolsa boca abajo y vació las monedas de oro sobre el suelo, donde tintinearon y rodaron.
– Como has dicho, mi señora… -apuntó dejando caer la bolsa de cuero-. ¡Ni el oro ni la gloria! Quizás en esta ocasión, aceptaré la gloria. El oro -hizo un gesto- te lo puedes quedar.
Caminó hacia la puerta. El guardia la abrió.
– ¡Adiós, Telamón! -le gritó Olimpia-. Di a mi hijo que su madre le quiere.
Telamón, tenso de rabia, ya caminaba por el pasillo abovedado hacia la luz que salía por el extremo más lejano.
PRÓLOGO III
«Las gentes de Troya habían hecho muchos esfuerzos, y durante mucho tiempo, pero fueron incapaces de impedir que las mujeres locrianas entraran en su territorio.»
