En la primavera del año 334 A.C, Alejandro reunió a su ejército en Sestos mientras, al otro lado del Helesponto, Darío III, su siniestro jefe de espías Mitra y sus generales planeaban la destrucción total de este advenedizo macedonio. Alejandro, sin embargo, estaba dispuesto a una guerra total, a llevar a sus tropas a través del Helesponto, a conquistar Persia y a marchar hasta el fin del mundo.

PRÓLOGO I

«Darío se convirtió en rey antes de la muerte de Filipo […] pero cuando Filipo murió, Darío se libró de su ansiedad y despreció la juventud de Alejandro.»

Diodoro Sículo, Biblioteca histórica, libro 17, capítulo 7


Antaño había sido una solitaria llanura, envuelta en silencio, limitada por las montañas y cubierta de campos de hierba y álamos brumosos. Un lugar donde en verano se agitaban los remolinos de polvo, la guarida de los gatos monteses y los lobos salvajes. Ciro el Grande había cambiado todo esto. Lo había convertido en el santuario del Fuego Sagrado, el Tesoro del Cielo, el Santuario y la Gloria de Ahura-Mazda, el dios de la luz, el Señor de la Llama Oculta, del Disco Solar, el Ojo Omnipotente que cabalgaba en las alas de las águilas. Persépolis, la casa del representante de dios en la tierra, Darío III; Rey de Reyes, Señor de Señores, propietario de la vida de los hombres. Persépolis, una ciudad dispuesta como el centro de una inmensa rueda, el centro del imperio, se levantaba sobre terrazas artificiales generosamente bañadas entre la montaña de la Misericordia y el río Araxes [Aras]. Los muros de adobe de los palacios tenían una altura de más de seis metros y estaban recubiertos con oro. Las galerías y los pórticos se vanagloriaban de sus columnas de mármol y las vigas de maderas preciosas para soportar los techos de cedro del Líbano.



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