
En el corazón del palacio real, rodeada por tres enormes muros y defendida por puertas revestidas con planchas de bronces y flanqueadas por mástiles, estaba la Apanda, la Casa de la Adoración en la Sala de las Columnas. El más sagrado entre los sagrados era vigilado por los inmortales, la guardia personal del Rey de Reyes, vestidos con corazas tachonadas en bronce sobre faldas de tela roja y polainas a rayas: se cubrían la cabeza con gorros que tenían unos largos protectores faciales; éstos se podían anudar sobre la boca y la nariz para proteger al usuario cuando marchaba y se tragaba el polvo del Señor de Señores. Los inmortales permanecían en silencioso despliegue en los pórticos, a lo largo de las columnatas, en los patios y los jardines. Inmóviles como estatuas, sostenían en sus manos las rodelas y las largas lanzas, valiéndoles como contrapeso las manzanas doradas que habían dado origen a su apodo: los «imperiales portadores de manzanas».
Había anochecido. La corte persa, los oficiales y los chambelanes, el portador del abanico y el matamoscas imperial, los medos y los magos, todos sabían que, esta noche, su Señor de Señores mostraría su rostro: había accedido a conceder una audiencia a su favorito, el renegado griego, el general Memnón de Rodas. Habían estado murmurando al respecto durante todo el día. Se habían congregado en las salas para saborear la noticia. Algunos más precavidos de la legión de espías de su amo se reunieron en los perfumados huertos de los fértiles paraísos, los elegantes jardines donde cada flor y cada planta del imperio crecían en la ubérrima tierra negra importada especialmente desde Canaán. Todos y cada uno de los que susurraban coincidían en una cosa: el Rey de Reyes estaba preocupado. Una sombra oscura había aparecido en los confines de su imperio. La noticia estaba en boca de todos: ¡venía Alejandro de Macedonia! Alejandro, hijo de Filipo el Tirano y Olimpia la Reina Bruja.
