A mediodía había revisado hasta el último rincón de la estación. Todos los trenes. Y las oficinas de los Ferrocarriles Federales. Y la sala de espera. Y el restaurante, en el que había comido miserablemente en un par de ocasiones y que aún apestaba a grasa. Y el supermercado. Y el estanco. El News & Books. Con las tenazas había roto lunas y puertas de cristal y hecho trizas las alarmas que ululaban. Había revisado las trastiendas. El pan de hacía dos días atestiguaba cuándo había estado alguien allí por última vez.

El gran panel indicador situado en el centro de la sala de espera no recogía llegadas ni salidas de trenes.

Los relojes funcionaban.

El cajero automático entregaba dinero.


Al llegar al aeropuerto de Schwechat no se molestó en dejar el coche en el aparcamiento y recorrer el largo camino de vuelta, sino que se detuvo directamente delante de la entrada principal, en la zona de estacionamiento prohibido, donde acostumbraban a patrullar policías y personal especializado.

En las afueras la temperatura era un poco más templada que en el centro de la ciudad. Las banderas ondeaban ruido samente al viento. Protegiéndose los ojos con la mano, escudriñó el cielo en busca de aviones. Aguzó los oídos. Todo cuanto oyó fue el crepitar de las banderas.

Con las tenazas al hombro se dirigió por corredores débilmente iluminados hacia la zona de embarque. Delante del café se veían cartas de bebidas colocadas sobre sus soportes encima de las mesas. El café estaba cerrado, igual que el restaurante y el pub. Los ascensores funcionaban. El camino hacia las salas de espera estaba libre. Los paneles no anunciaban ningún vuelo. Las pantallas permanecían oscuras.

Peinó toda la zona. Al pasar por una compuerta de seguridad, saltó la alarma. Unos golpes propinados con las tenazas pusieron fin a los aullidos. Acechó a su alrededor, preso de la inquietud. En la pared colgaba un cuadro eléctrico. Apretó unos cuantos botones. Al fin se restableció el silencio.



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