
En la zona de llegadas comenzó a manipular un terminal de ordenador con la intención de averiguar cuándo había despegado o aterrizado por última vez un avión. Pero o carecía de conocimientos técnicos para solventar el problema o el ordenador estaba estropeado. En la pantalla vibraban tablas inútiles, y ninguna maniobra con el ratón o el teclado logró variar esa circunstancia.
Se confundió unas cuantas veces antes de encontrar la escalera de salida a la pista de rodadura.
La mayoría de los aviones aparcados pertenecían a Austrian Airlines. Había uno de Lauda, uno de Lufthansa, un aparato de Yemen, otro de Bélgica. Más allá, un 727 de El Al. Este avión fue el que más le interesó de todos. ¿Por qué estaba tan lejos? ¿Había estado a punto de despegar?
Cuando llegó al aparato, se puso en cuclillas. Miró resoplando hacia arriba y después hacia atrás, al edificio. Se sintió decepcionado. El aparato no estaba tan lejos, las dimensiones de la pista de rodadura le habían jugado una mala pasada. Tampoco había nada que indicase que el piloto se encaminaba hacia la pista de despegue.
Jonas empezó a gritar. Lanzó las tenazas, esforzándose por alcanzar primero la cabina, después una ventana de la zona de pasajeros. Cuando las tenazas se estrellaron ruidosamente contra el asfalto por octava o novena vez, se partieron en dos.
Registró todas las salas y estancias a las que pudo acceder. En la zona donde se cargaban los equipajes hizo un descubrimiento que lo electrizó: docenas y docenas de maletas y bolsas de viaje.
Abrió la primera maleta, expectante. Ropa interior. Calcetines. Camisas. Ropa de baño.
Ni ésa ni ninguna de las demás maletas contenía el menor indicio de lo que le había sucedido a su propietario. Tampoco se trataba de un número tan grande de bultos que le permitiera suponer que pertenecían a un único vuelo. Lo más probable era que esas bolsas y maletas hubieran sido olvidadas o no recogidas. A saber de quién serían. No le sirvieron de más.
