Se situó ante la puerta. Relampaguearon los primeros rayos y aumentó la intensidad del viento. Cajetillas de cigarrillos vacías y otras basuras barrieron la calle. Apoyó la cabeza en la nuca y se masajeó los hombros, tensos por el viaje. Se aglomeraban negros nubarrones. A lo lejos tronaba. Otro relámpago. Y otro.

Se disponía a regresar al restaurante cuando casi encima de él resonó un estruendo. Salió corriendo hacia el coche sin volverse a mirar. Cerró la puerta por dentro. Sacando el cuchillo de la funda, aguardó unos minutos. Los cristales se empañaron.

Bajó la ventanilla.

– ¿Qué quieres? -gritó.

Se escuchó otro estruendo, más débil que el primero. Y un tercero inmediatamente después.

– ¡Sal!

Gotas pesadas azotaron la chapa y la calle. El coche daba bandazos.

Mientras corría bajo la lluvia hacia la entrada del hotel, miró hacia arriba, pero los árboles le tapaban la vista. Entró como una tromba. Abrió la puerta de la escalera. Blandiendo el cuchillo, subió zapateando. Desembocó en un pasillo largo y estrecho en el que apenas entraba luz. Con las prisas no encontró el interruptor.

Llegó a una puerta. Estaba sólo entornada. La corriente de aire la empujaba contra la cerradura con un uniforme tac-tac. Jonas la abrió del todo y lanzó una cuchillada hacia delante.

La habitación estaba vacía. Sin un solo mueble. Se escuchaba el golpeteo de una ventana grande impulsada por el viento.

Girando varias veces sobre su propio eje y con el cuchillo listo para atacar, se dirigió a la ventana. Lanzó una rápida ojeada hacia el exterior, luego a la habitación por encima del hombro y de nuevo hacia afuera. La ventana estaba situada casi encima de la entrada del hotel. Al retirar la cabeza, una ráfaga de aire irrumpió en la habitación. Una hoja de la ventana chocó contra su brazo. La cerró. Descendió con el cuchillo en la mano.



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