Divisó desde lejos las gigantescas chimeneas de las fábricas. De ellas no salía humo.

Se dirigió a la ciudad sin respetar el límite de velocidad. Ansiaba que lo detuviera algún policía. Pero pronto se convenció de que allí las cosas tampoco iban bien.

No había peatones.

Las tiendas a derecha e izquierda de la calle estaban vacías, sin gente.

Los semáforos se pusieron en rojo, pero aguardó en vano que cruzaran otros vehículos.

Tocó el claxon y el motor rugió. Pisó el freno hasta que chirriaron las ruedas y apestó a goma. Tocó tres veces la bocina, tres veces largas, tres cortas y otras tres largas. Recorrió varias veces las mismas calles. No se abrió ninguna puerta, ningún coche vino hacia él. En cambio el olor era menos desagradable que en su última visita a la ciudad. En el aire se cernía una tormenta.

Cuando se apeó delante de una farmacia, se preguntó por qué hacía un frío tan desacostumbrado. Llevaba semanas quejándose del calor, pero ahora sentía escalofríos. Seguramente no se debían a la tormenta que se avecinaba, sino al catarro.

Rompió la puerta de cristal de la farmacia. Tomó de un estante un paquete de aspirinas y pastillas contra el dolor de garganta. Al salir descubrió las existencias de Echinacin. Se guardó un frasquito.

Tras una breve búsqueda encontró un hotel cuya puerta no estaba cerrada. Llamó. No recibió respuesta, tampoco la esperaba.

En el local no le llamó la atención nada especial. Olía a grasa rancia, a humo, a tabaco frío.

Llamó de nuevo.

En la cocina puso una cazuela con agua y echó las patatas dentro. Pasó el tiempo de espera en el restaurante con el periódico del 3 de julio. Ese día aún habían tenido clientela, así lo demostraban las manchas de salsa y las migas de pan en el papel. El periódico era tan poco sospechoso como los que había leído el día anterior en la Südbahnhof. Nada aludía a un acontecimiento inminente de extraordinaria trascendencia.



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