La empresa Schmidt ocupaba todo el segundo piso, compuesto por seis estancias, que Jonas recorrió. No advirtió nada desacostumbrado. Las pantallas estaban sobre los escritorios, al lado se apilaban los papeles. En las paredes colgaban los cuadros chillones de la tía de Anzinger, que pintaba. La planta de Martina seguía en su sitio, junto a la ventana. En el rincón de los niños instalado por la señora Pedersen se veían pelotas, construcciones y locomotoras de plástico como si los acabaran de abandonar. Por todas partes voluminosos paquetes con los catálogos recién entregados obstruían el paso. Tampoco el olor había cambiado. En el aire se cernía esa mezcla de madera, tela y papel a la que no te quedaba más remedio que acostumbrarte o pedir la cuenta al cabo de pocos días.

Encendió el ordenador e intentó conectarse a la red.

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Situándose en la línea de direcciones, tecleó:

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El viejo suelo de madera crujió bajo sus zapatos mientras recorría de nuevo una habitación tras otra. Buscaba con mucho cuidado algo que no hubiera estado allí el viernes por la tarde. Marcó los números almacenados en el teléfono de Martina. Respondieron los contestadores automáticos. Habló de manera confusa, tartamudeando, hasta que finalmente dejó su número de teléfono. No sabía con qué abonado había entablado contacto.

En el comedor para empleados sacó una limonada de la nevera y se la bebió de un trago.



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