Luego se volvió bruscamente.

No se veía a nadie.

Cogió una segunda lata sin apartar la vista de la puerta. Entre un trago y el siguiente hacía una pausa para escuchar, pero sólo oía el siseo del carbónico en la lata.

¡Por favor, llámame inmediatamente! Jonas.

Pegó el post-it en la pantalla del ordenador de Martina. Se dirigió, presuroso, hacia la puerta, sin examinar las demás habitaciones, y bajó las escaleras saltando los escalones de tres en tres.


Su padre vivía desde hacía años en el distrito 5, en Rüdigergasse. A Jonas le gustaba la zona. El piso, sin. embargo, le había desagradado desde el principio. Demasiado oscuro, demasiado bajo. A él le gustaba contemplar la ciudad desde arriba. Su padre prefería que los paseantes lo viesen en el cuarto de estar. Pero él estaba acostumbrado a eso desde antes. Desde la muerte de su madre, su padre anhelaba la comodidad por encima de todo. Vivía al lado del supermercado, y en el piso de arriba pasaba consulta un médico.

Durante el trayecto hacia el distrito 5 se le ocurrió la idea de armar escándalo. Tocó el claxon como si formara parte de la comitiva de una boda. Al mismo tiempo la aguja del tacómetro temblaba alrededor del 20. El motor tartamudeaba.

Recorrió dos veces ciertas calles principales, atisbando a derecha e izquierda para ver si se abría la puerta de una casa o alguna ventana. Le costó casi media hora recorrer ese breve trayecto.

Se puso de puntillas delante de la ventana de su padre. La luz estaba apagada y el televisor también.

Se tomó tiempo para observar la calle. Un coche rozaba el bordillo, otro estaba aparcado demasiado cerca de la calzada. Una botella asomaba por un cubo de la basura. Un trozo de plástico superpuesto se mecía al viento sobre el sillín de una bici. Contó las motos y motocicletas situadas delante del edificio e intentó memorizar incluso la posición del sol. Sólo entonces sacó el par de llaves y abrió la puerta.



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