
Encendió la lámpara de la mesilla de noche. Las cinco y media. Había dormido más de dos horas. El sol estaba tan bajo que sus rayos sólo iluminaban los pisos más altos de la estrecha calle. En la vivienda parecía haber anochecido.
En calzoncillos, se encaminó hacia el cuarto de estar arrastrando los pies. Parecía como si alguien acabase de abandonarlo de puntillas para no perturbar su sueño. Casi percibía las huellas que ese desconocido había dejado en la estancia.
– ¿Papá? -llamó, a sabiendas de que no recibiría respuesta.
Miró por la ventana mientras se vestía. El trozo de plástico. Las motos. La botella en el cubo de basura.
Nada había cambiado.
En casa encontró una lata de conservas en un estante. Mientras el plato giraba en el interior del microondas, se preguntó cuándo volvería a acudir a un restaurante. Miraba cómo los segundos disminuían en el panel indicador. 60… 30… 20… 10…
Contempló la comida. Tenía hambre, pero no apetito. Tras tapar el plato, lo apartó a un lado y se aproximó a la ventana.
Bajo él se extendía la calle Brigittenauer Lände. Una hilera de árboles de un verdor brillante e intenso ocultaba ligeramente la visión del agua turbia del canal del Danubio, que fluía con un suave chapoteo. Al otro lado se alzaban los árboles que bordeaban Heiligenstädter Lände. A la derecha del edificio vienés de BMW seguían girando, como siempre, los dos enormes logos de Ö3 sobre el tejado de la emisora de radio, también muda. En el horizonte, las boscosas montañas próximas circundaban la ciudad: Hermannskogel, Dreimarkstein, Exelberg. Y en Kahlenberg, donde Jan Sobieski había marchado contra los turcos más de trescientos años antes, se alzaba la gigantesca antena de televisión.
