
– ¿Papá?
Cerró rápidamente las cerraduras de arriba y de abajo. Encendió la luz.
– Papá, ¿estás aquí?
Llamaba antes de entrar en una habitación, intentando imprimir fuerza y profundidad a su voz. Del vestíbulo pasó a la cocina. Desde allí, nuevamente por el vestíbulo, al cuarto de estar. Luego al dormitorio. No olvidó el baño ni el aseo. Metió la cabeza en la despensa, que olía a manzanas y verdura fermentadas.
Su padre, el acaparador y ahorrador, que untaba con mantequilla el pan mohoso y ponía al baño María conservas caducadas, ya no estaba allí.
Como todos los demás.
Al igual que ellos, había desaparecido sin dejar rastro. Parecía como si acabara de salir. Hasta sus gafas de lectura estaban en el sitio de siempre, encima de la televisión.
Jonas encontró en la nevera un frasco de pepinillos que parecían comestibles. No había pan fresco, pero sí un paquete de pan tostado sobre el aparador. Eso bastaría. No le apetecía abrir por segunda vez la puerta de la despensa.
Mientras comía, intentó sintonizar alguna emisora de televisión sin demasiadas esperanzas. No cabía descartarlo del todo, pues recordó que el aparato de su padre estaba conectado a una antena parabólica. A lo mejor fallaba sólo la red de cable y los canales podían recibirse vía satélite.
Nieve y ruido.
En el dormitorio, el viejo reloj de pared de su padre marcaba su ritmo acompasado. Se frotó los ojos. Se estiró.
Miró por la ventana. Por lo visto, nada había cambiado. El trozo de plástico ondeaba al viento. Ninguno de los coches se había movido. El sol ocupaba la posición acostumbrada en el cielo y parecía seguir su curso.
Colgó la camisa y el pantalón de una percha. Escuchó de nuevo atentamente para intentar captar algo más que el reloj de pared. Después se deslizó bajo la manta. Olía a su padre.
Penumbra. En el primer momento no supo dónde estaba.
En la duermevela que precede al despertar, el tictac del reloj que tan familiar le resultaba desde la infancia había propiciado la ilusión de que se encontraba en otra época y otro lugar. De niño, oía ese tictac cuando se tumbaba en el sofá del cuarto de estar, donde le obligaban a dormir la siesta. Rara vez pegaba ojo. Permanecía despierto, sumido en sus ensoñaciones, hasta que su madre acudía a despertarlo con un vaso de cacao o una manzana.
