Ambos habían llevado ya vidas nómadas, de modo que esto no era nada nuevo para ellos. No así para mí. Yo había nacido cerca de Boston, y allí había vivido siempre, sin alejarme jamás, ni siquiera para estudiar. Mas en mi lucha por proteger a Savannah la última primavera, mi casa no había sido lo único destruido. Toda mi existencia se había convertido en humo -mi negocio, mi vida privada, mi reputación-, todo había sido arrastrado por el lodo de la prensa amarilla, y me había visto forzada a instalarme en el otro extremo del país, en algún lugar donde nadie hubiese oído hablar de Paige Winterbourne. El escándalo se había extinguido bastante pronto, pero yo no podía volver. El Aquelarre me había exiliado, lo que significaba que tenía prohibido residir dentro de los límites del estado. No obstante, no me había dado por vencida. Me había tragado las penas, secado las lágrimas y vuelto a la pelea. ¿Que mi Aquelarre no me quería? Pues bien, iniciaría otro. Durante las últimas ocho semanas me había entrevistado con nueve brujas. Todas y cada una de ellas dijeron las palabras de rigor, y después me rechazaron de plano. Con cada rechazo, el abismo se agrandaba.


* * *

Salimos a comer fuera y después vimos una película. Era mi manera de pedirle disculpas a Savannah por haberle impuesto otra sesión de reclutamiento de brujas.

De vuelta en el apartamento, metí prisa a Savannah para que se acostara y entré corriendo en mi habitación justamente cuando el radioreloj marcaba las 10:59. Cogí el teléfono inalámbrico, salté sobre la cama y clavé los ojos en el reloj. Dos segundos después de las 11:00, sonó el teléfono.

– Dos segundos tarde -dije.

– De ninguna manera. Debes de tener el reloj adelantado.

Sonreí y me acomodé en la cama. Lucas estaba en Chicago, defendiendo a un chamán a quien la Camarilla St. Cloud quería hacerle pagar los platos rotos por una operación de espionaje corporativo que se había destapado.



10 из 480