
El guardia abrió la bolsa de Lucas, hurgó en ella y sacó un tubo de cartón. Lo pasó por el detector de metales y luego, cautelosamente, le quitó la tapa y examinó el interior.
– Papel -le dijo a su colega.
– Es un manuscrito -dijo Lucas.
Los dos hombres lo miraron fijamente, como si la palabra pudiese ser una nueva denominación callejera de un rifle automático.
– Una hoja de papel que lleva escrito un texto antiguo -explicó Lucas.
Uno de los guardias lo sacó y lo desplegó. El papel era nuevo, de un blanco brillante, y estaba cubierto con rasgos de caligrafía precisos y delicados. El guardia frunció el ceño.
– ¿Qué es lo que dice? -preguntó.
– No tengo ni idea. Está en hebreo. Se lo llevo a un cliente.
Se lo devolvieron, sin enrollar y arrugado. Mientras revisaban mi ordenador portátil y mi bolsa, Lucas volvió a enrollar el papel y lo guardó. Cuando terminaron, Lucas levantó ambas bolsas y nos dirigimos a la zona de embarque.
– ¿Qué es eso? -susurré-. ¿Mi hechizo?
– Pensé que podrías necesitar una distracción después de un día como hoy.
Le sonreí.
– Gracias. ¿Qué es lo que hace?
– Elijo la opción dos.
Recordé el juego de las opciones y reí.
– Demasiado tarde, Cortez. El trato era si me lo decías anoche. Ahora ya has vuelto, de modo que el rollo es mío, sin opciones.
– Habría elegido una opción si no me hubieras distraído de mi propósito.
– ¿Cómo? ¿El hecho de que te ofreciera una lista de opciones te impidió elegir una?
– Y con mucha eficacia. Opción dos.
– Entrégamelo, Cortez.
