
Con un movimiento brusco depositó el rollo en mi mano extendida y dijo:
– Me han robado.
– Bueno, hay una solución. Podrías conseguirme otro hechizo.
– Avariciosa -dijo, llevándome a un lugar tranquilo junto a la pared-. Tienes una sed inagotable de hechizos. Eso no presagia nada bueno para nuestra relación.
– ¿Por qué? ¿Porque eres tan malo como yo?
Con dos rápidos pasos, Lucas se puso frente a mí y me miró a los ojos. Arqueó una ceja.
– ¿Yo? -preguntó-. De ninguna manera. Yo soy un lanzador de hechizos disciplinado y cauteloso, bien consciente de mis limitaciones y sin deseo alguno de sobrepasarlas.
– ¿Y eres capaz de decirlo sin inmutarte?
– Puedo decir cualquier cosa sin inmutarme, lo cual me convierte en un mentiroso nato.
– Entonces, ¿cuántas veces has intentado formular el hechizo?
– ¿Tratar de formular el hechizo? Eso no estaría bien. Sería una falta de tacto imperdonable, además de una grosería, como si uno leyera una novela antes de envolverla como regalo de Navidad.
– ¿Dos veces?
– Tres veces. Me habría detenido en la segunda, pero tuve un poco de suerte en la segunda tentativa, de modo que lo intenté otra vez. Pero, lamentablemente, el tercer intento no me fue propicio.
– Vamos a trabajar en ese tema. ¿Pero qué es lo que hace?
– Opción dos.
Le di un puñetazo en el brazo y empecé a desenrollar el hechizo.
– Es un raro hechizo de hielo para hechiceros de grado gamma -explicó-. Cuando se lanza sobre un objeto, actúa de modo muy similar a un hechizo de hielo de nivel beta, congelándolo. En cambio, si se lanza sobre una persona provoca una hipotermia temporal, dejando inconsciente al sujeto. Había cuatro opciones, ¿no?
– Tres…, no, con la película son cuatro.
– Cuatro opciones. Ergo, si yo te proporciono cuatro hechizos…
– ¿Y quién es ahora el avaricioso?
