
Se detuvo.
– Me gusta la sinceridad -dije yo.
– Lo sé. Pero me temo que si añado una desventaja más para que estés conmigo, regresarás gritando a Portland y cambiarás la cerradura.
– No puedo -respondí-. Guardaste mi billete de vuelta en tu bolsa.
Lucas dejó escapar una ligera risa.
– Una acción subconsciente de lo más significativa, estoy seguro. Es posible que al final del día quieras que te lo devuelva. -Se tomó el café-. A mi padre, como ya imaginábamos, no le hace muy feliz nuestra relación. No lo he mencionado antes porque me parecía que no había ninguna razón para confirmar tus sospechas.
– Era un dato conocido, no una sospecha. Lo que sí me resultaría sospechoso es que estuviera encantado de que su hijo tuviese una relación con una bruja. ¿Se queja en voz alta?
– Mi padre nunca va más allá del susurro a la hora de formular sus objeciones, pero es un susurro insidioso, constante. En este momento, sólo expresa sus «preocupaciones». Sin embargo, mi preocupación es que con su viaje a Portland parece estar sopesando tu influencia sobre mí. Si decide que tu influencia afectará negativamente a su relación conmigo o a la probabilidad de que yo sea su heredero…
– ¿Temes que yo esté en peligro si tu padre cree que estoy interponiéndome entre vosotros?
Lucas se quedó callado.
– Sinceridad ante todo, ¿recuerdas? -dije.
Me miró directamente a los ojos.
– Sí, me preocupa. El truco está en no dejarle creer que eso es lo que va a suceder. Y sería incluso mejor si consiguiéramos convencerlo de que mi felicidad contigo le será beneficiosa. De que la firmeza de nuestra relación no destruiría sino que reforzaría las demás relaciones de mi vida.
