Hice un gesto de asentimiento, como si entendiera, pero no entendía. Nada en la vida me había preparado para comprender una relación entre padres e hijos en la que una simple visita a casa tuviera que ser planificada con la astucia estratégica de un enfrentamiento militar.

– Espero que esto no signifique que estás pensando en aceptar este caso -dije.

– No. Mi intención no es otra que la de no negarme con la vehemencia con que lo hago normalmente, porque entonces te echará la culpa a ti, por muy ilógico que parezca este razonamiento. Oiré todo lo que tenga que decirme, y me esforzaré por mostrarme más receptivo a sus atenciones paternales de lo que acostumbro.

– ¡Ajá!

Lucas sonrió.

– En otras palabras, me portaré bien. -Empujó su vaso medio vacío hacia el centro de la mesa-. Aún tenemos unas cuantas calles por delante. Sé que hace calor. Podríamos llamar a un taxi…

– Andar es bueno -dije-. Aunque me imagino cómo se me habrá puesto el pelo con la humedad. Voy a presentarme ante tu familia con el aspecto de un perro lanudo al que le han conectado un cable eléctrico en el trasero.

– Estás muy guapa.

Lo dijo con tanta sinceridad que estoy segura de que me ruboricé. Le agarré la mano e hice que se pusiera de pie.

– Terminemos con esto. Nos reunimos con la familia. Rellenamos los formularios. Buscamos un hotel, compramos una botella de champán y veremos si soy capaz de poner en práctica ese hechizo.

– ¿Tú lo pondrás en práctica?

– No te ofendas, Cortez, pero tu hebreo hace agua. Probablemente estás pronunciando mal la mitad de las palabras.

– O bien eso o bien que cuando lanzo un hechizo sencillamente carezco de tu experta eficacia.

– Yo no he dicho eso. Bueno, hoy no. Hoy estoy tratando de ser buena contigo.

Se rió, me rozó la frente con sus labios y me siguió fuera de la terraza del café.



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