Miré a mi alrededor, esforzándome en no quedarme boquiabierta. Aunque no habría estado fuera de lugar. Justo delante de nosotros un grupo de turistas movía el cuello en todas las direcciones mirando asombrados los acuarios tropicales de cuatro metros de altura que cubrían dos de las paredes. Un hombre de traje oscuro bien cortado se aproximó al grupo y me puse tensa, segura de que iba a despedirlo. En lugar de ello, saludó al guía del tour y a los turistas les hizo una seña para que se acercaran a una mesa donde una empleada servía agua fría.

– ¿Grupos de turistas? -susurré.

– Hay un observatorio en el piso diecinueve. Está abierto al público.

– Estoy tratando de no impresionarme -dije.

– No olvides de dónde viene todo esto. Eso ayuda.

Sin duda ayudaba, porque mi admiración se disolvió como si alguien me hubiese volcado en la cabeza aquella jarra de agua helada.

Cuando nos acercábamos al mostrador de la entrada, un hombre treintañero con una sonrisa de oreja a oreja a punto estuvo de tropezar con otro empleado con la prisa por salir de detrás del escritorio. Corrió hacia nosotros como si hubiéramos infringido las normas de seguridad, cosa que probablemente habíamos hecho.

– Señor Cortez -dijo cerrándonos el paso-. Bienvenido, señor. Es un placer verlo.

Lucas murmuró un saludo y me indicó con el codo que me echara hacia la izquierda. El hombre se afanó detrás de nosotros.

– ¿Puedo llamar a alguien, señor?

– No, gracias -dijo Lucas, caminando todavía.

– Voy a llamar al ascensor. Está lento hoy. ¿Puedo traerles un vaso de agua con hielo mientras esperan?

– No, gracias.

El hombre corrió delante de nosotros hacia un ascensor identificado con la leyenda «PRIVADO». Cuando Lucas alcanzó el panel de números, el empleado se le adelantó y tecleó un código. El ascensor llegó y entramos en él.



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