* * *

Nunca había estado en Miami, y el recorrido en taxi hasta el centro no me había impresionado. Digamos que si al taxi se le hubiese pinchado una rueda, yo no habría bajado del vehículo, ni siquiera armada con un montón de hechizos que me permitieran lanzar bolas de fuego. Luego echamos a andar por el sector sudeste del centro mismo de la ciudad, a lo largo de una impresionante serie de rascacielos de acero y vidrio espejado que daban a las aguas increíblemente azules de Biscayne Bay. Daba la impresión de que acababan de limpiar las calles, flanqueadas de árboles, y las únicas personas que permanecían en las veredas estaban tomando cafés de cinco dólares en lujosas cafeterías. Hasta los vendedores de perritos calientes llevaban elegantes uniformes.

Yo me había figurado que Lucas me llevaría a algún sórdido sector de la ciudad donde las oficinas de la Corporación Cortez se encontrarían hábilmente ocultas en un destartalado almacén. En cambio, nos detuvimos frente a un rascacielos que parecía un monolito de hierro surgido de la tierra, con torres de ventanas espejadas dispuestas para recibir el sol y reflejarlo en un halo de esplendor. En la base del edificio, las puertas, retiradas de la acera, se abrían a un oasis con bancos de madera, bonsáis, helechos colgantes y una cascada circular rodeada de piedras musgosas. En lo alto de la cascada había un par de letras C grabadas en granito. Por encima de las puertas de vidrio de doble grosor una placa de bronce proclamaba con una simplicidad casi humilde: «Corporación Cortez».

– ¡Dios mío! -exclamé.

Lucas sonrió.

– ¿Estás reconsiderando la promesa de no ser nunca la esposa del CEO?

– Nunca. Pero ser CoCEO…, eso sí podría reconsiderarlo.

Entramos. En el momento en que se cerraron las puertas, desapareció el ruido de la calle. Una música suave flotaba en una brisa de aire acondicionado. Cuando me volví, el mundo exterior se había desvanecido, bloqueado por el oscuro vidrio espejado.



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