
Cuando pasamos por la intersección del medio, eché una mirada a ambos lados. Había dos corredores en diagonal que salían de cada lado, cada uno de los cuales terminaba en una puerta de vidrio. A través de cada una de las cuatro puertas de vidrio se divisaba un escritorio de recepción y al personal de secretaría.
– La oficina de Héctor está a la izquierda -murmuró Lucas-. El mayor de mis hermanos. A la derecha las oficinas de William y de Carlos.
– ¿A quién pertenece la otra oficina? -pregunté-. La que está al lado de la de Héctor. -En cuanto dije esas palabras, supe la respuesta y deseé no haber formulado la pregunta.
– Es la mía -respondió Lucas-. Aunque nunca he trabajado ni siquiera una hora en ella. Un absurdo gasto de mobiliario de primera clase, pero mi padre la mantiene dotada de personal y de todo cuanto se requiere, porque cree que en cualquier momento entraré en razón.
Trataba de mantener un tono ligero, pero yo percibía de qué manera latía la tensión en sus palabras.
– Y si eso ocurre alguna vez, ¿qué oficina será la mía? -pregunté-. Porque como sabes, no voy a ser una de esas esposas que son socias silenciosas. Quiero un sillón en la junta directiva y una oficina con buena vista.
Lucas sonrió.
– Entonces te daré ésta.
Habíamos llegado al final del vestíbulo. A través de la puerta de vidrio vi un área de recepción tres veces más grande que las que había atisbado en las salidas laterales. Aunque eran ya pasadas las seis de la tarde, la oficina estaba ocupada por un escuadrón de secretarias y empleados.
Al igual que la otra puerta, ésta era automática y, como la vez anterior, alguien la abrió antes de que llegáramos a una distancia de tres metros. Al abrirse las puertas, el mar de empleados se apartó para abrirnos camino a un escritorio de recepción. Las secretarias más jóvenes anunciaron nuestra llegada abriendo la boca, incapaces de disimular, y apresurándose a formular saludos entrecortados. Las de mayor edad nos dieron la bienvenida con sonrisas contenidas antes de volver aceleradamente a su trabajo.
