
– Señor Cortez -dijo la recepcionista cuando nos aproximamos al escritorio-. Es un placer verlo, señor.
– Gracias. ¿Está mi padre?
– Sí, señor. Permítame…
– Está en una reunión. -Un hombre corpulento se acercó caminando desde un salón interior y se dirigió a una hilera de archivos-. Tendrías que haber llamado.
– Lo haré llamar, señor -dijo la recepcionista-. Ha dado órdenes de que siempre se le notifique su llegada inmediatamente.
El hombre que estaba a cierta distancia movió sus papeles ruidosamente como para llamar nuestra atención.
– Está ocupado. No puedes llegar sin anunciarte y sacarlo de una reunión. Esto es una empresa.
– Hola, William. Tienes un aspecto estupendo.
William Cortez. El hermano del medio. Podía perdonárseme no haber alcanzado antes esa conclusión. El hombre guardaba escaso parecido tanto con Lucas como con Benicio. Tenía una altura media y unos treinta y tantos kilos de más, con rasgos que en algún momento debieron de tener una belleza femenina pero que se habían vuelto blandos como una masa de pastel. William se giró por primera vez hacia nosotros, clavando los ojos en Lucas con una mirada que mostraba irritación y enojo. Sus ojos pasaron por encima de mí con un solo movimiento de cabeza.
– No llame a mi padre, Dorinda -dijo William-. Lucas puede esperar como los demás.
Ella miró a sus compañeras como pidiendo ayuda, pero siguieron trabajando con mayor diligencia si cabía, fingiendo no advertir que ella estaba cayendo en las arenas movedizas de los conflictos de autoridad.
