
– Lucas.
Benicio apareció por la puerta, con una amplia sonrisa que le iluminaba el rostro. Lucas se adelantó y alargó la mano. Benicio cruzó la habitación con tres zancadas y lo abrazó. Los dos guardaespaldas que habían acompañado a Benicio a Portland entraron en el cuarto con sorprendente discreción, teniendo en cuenta su tamaño, y se colocaron contra la pared. Sonreí a Troy, que me devolvió el gesto con un guiño.
– ¡Qué alegría verte, muchacho! -dijo Benicio-. ¡Qué sorpresa! ¿Cuándo has llegado?
Lucas se desprendió del abrazo de su padre mientras respondía. Benicio no había acusado aún mi presencia. En un primer momento, pensé que se trataba de un acto intencionado, pero según lo veía conversar con Lucas, me di cuenta de que Benicio ni siquiera había advertido que yo estaba allí. A juzgar por la expresión de su rostro, dudé que hubiese visto a un gorila furioso de haber estado en la misma habitación que Lucas. Le observé el rostro con detenimiento, su actitud, buscando alguna señal de que estuviese fingiendo, representando una escena de afecto paternal, pero no vi nada de eso. Algo que hacía todo mucho más inexplicable.
Lucas retrocedió poniéndose junto a mí.
– Creo que ya conoces a Paige.
– Sí, claro, ¿cómo estás, Paige? -Benicio me extendió la mano y sonrió con una sonrisa casi tan luminosa como la que le había ofrecido a su hijo. Al parecer Lucas no era el único Cortez que podía ser encantador.
