– Necesito una vida más sana. O unos pies más rápidos. Aunque lo que ahora necesitamos es…

– Ruedas -tercié yo-. Y a continuación un buen trago.

– Hummm, señor…

Lucas dio un respingo.

– Lucas, quiero decir -rectificó Troy-. El garaje está junto a la oficina. Tendríamos que haber seguido por la acera para llegar hasta el coche.

Lucas suspiró.

– Y ahora me lo dices.

– Bueno, no me corresponde a mí pensar. Eso es cosa de vosotros, los hechiceros. A mí me pagan para mantener la boca cerrada, mirar de mala manera a los desconocidos y, en un día de suerte, romper un par de piernas.

– Un trabajo cómodo -dije.

– Tiene sus momentos. Aunque lo de romper piernas acaba siendo un poco aburrido. En algunas ocasiones he intentado quebrar mandíbulas y partir cráneos, pero el señor Cortez es definitivamente partidario de romper piernas.

Lucas movió la cabeza y se dirigió de vuelta al edificio.


* * *

En el hotel, Troy revisó nuestra habitación antes de dejarnos entrar. Me pareció un poco excesivo, pero ése era su trabajo.

– Todo bien -dijo, saliendo-. Nuestras habitaciones están comunicadas por una puerta. Llamen si me necesitan. Si salís a cenar…

– Te avisaremos -terminó Lucas.

– Me mantendré apartado, me sentaré en una mesa en un rincón, lo que sea.

– Es probable que cenemos tranquilamente en nuestra habitación.

– Vamos, lo tenéis todo pagado, de modo que aprovechaos. -Troy cruzó la mirada con Lucas-. Sí, ya sé, no te gusta utilizar el dinero del viejo, pero eres su hijo, ¿no? Si fuera mi padre… -Sonrió-. Bueno, si fuera mi padre, supongo que lo que me ofrecería sería una provisión vitalicia de fuego y azufre, y personalmente preferiría el dinero, pero yo soy así. Hablando en serio, aprovechadlo, vaciad el minibar, haced una buena cuenta de servicio de habitación, llevaos las batas de baño. Lo peor que puede ocurrir es que disgustes al viejo y no quiera hablar contigo durante un año.



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