Lucas se alzó las gafas y se frotó el puente de la nariz, y luego me miró.

Yo dije que sí con la cabeza.

– Entonces déjame que lleve a un guardia del equipo de seguridad -dijo Lucas-. Tú deberías quedarte con los tuyos…

– Tengo a Griffin -dijo Benicio, señalando con la cabeza al compañero de Troy-. Será suficiente para esta noche.

Cuando finalmente Lucas estuvo de acuerdo, Benicio pasó a algunas otras «peticiones». Quería pagar la cuenta de nuestro hotel, para compensar el habernos hecho venir a Miami. Lucas se negó. Benicio aceptó, pero continuó con otra petición. Entre la nueva amenaza y la situación relativa al 11 de septiembre, no deseaba que Lucas volara con una aerolínea comercial. Se aseguraría de que el jet de la corporación estuviera listo para llevarnos de vuelta a casa. Nuevamente Lucas lo rechazó. Pero esta vez Benicio se mantuvo firme, y siguió insistiendo hasta que finalmente Lucas decidió aceptar lo de la habitación de hotel, con la esperanza de que pudiéramos retirarnos de una vez.

Para cuando finalmente logramos escurrirnos a la calle, en la frente de Lucas habían aparecido tantas arrugas como las que se acumulan tras diez años de estrés. Se detuvo un momento junto al jardín, cerró los ojos y respiró hondo.

– El dulce perfume de la libertad -dije.

Trató de sonreír, pero los labios no le respondieron y dibujaron un gesto de cansancio. Dio unos pasos hacia un lado y otro de la calle, y luego se dirigió hacia el este. Troy se puso en posición a dos pasos detrás de nosotros. Tras unos pocos metros, Lucas miró hacia atrás por encima del hombro.

– Troy, por favor, camina a nuestro lado.

– Perdón -dijo Troy adelantándose-. Es la costumbre.

– Sí, bueno, cuando un semidemonio de ciento treinta kilos me sigue, no me gusta nada. Por lo general, la reacción es huir para salvar la vida.

Troy sonrió.

– Necesitas un guardaespaldas.



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