
Otra mente. Y también cerrada. Y otra. Y otra. El vsiir sintió que le invadía el pánico. Su mente tembló, sus radiaciones de energía bajaron más aún en el espectro visible; luego se agitaron nerviosamente hacia ondas mucho más cortas. Incluso su forma física experimentó una serie de metamorfosis involuntarias, rápidas, con gran apuro por su parte. No recuperó el control de su cuerpo hasta haber pasado de esférico a cúbico, y luego a caótico, y hasta haberse convertido en una fina red de tentáculos fibrosos, unidos solamente por la fuerza pulsadora del ego. Se obligó con firmeza a volver a la forma esférica y reanudó la búsqueda por la nave, advirtiendo con gran consternación que, para entonces, su mundo nativo se hallaba ya a media unidad estelar de distancia. No le quedaban esperanzas, pero siguió insistiendo en tantear las mentes de los tripulantes, aunque sólo fuera para agotar todas las posibilidades. Sin embargo, aunque estableciera contacto, ¿cómo podría comunicar la naturaleza de su problema? Y aun en el caso de comunicarla, ¿por qué iban a estar dispuestos los humanos a ayudarle? No obstante, siguió buscando por la nave, y…
¡La había encontrado! ¡Una mente abierta! No había muros en absoluto. ¡Un verdadero milagro! El vsiir se apresuró a establecer el contacto íntimo, abrumado por el gozo de la sorpresa, explicando a toda prisa su problema:
—Por favor, escúchenle. Desdichadamente, un organismo no humano se ha introducido de manera accidental en esta nave durante la carga. Está metabólica y psicológicamente inadecuado para la vida prolongada en la Tierra. Se disculpa por las molestias que pueda ocasionar y desea un pronto regreso a su hogar, al planeta que dejamos atrás; lamenta los trastornos en el plan de vuelo de la nave, pero confía en que no será imposible concederle este gran favor. ¿Comprende mi mensaje? Desdichadamente, un organismo no humano se ha introducido de manera accidental…