– Emily.

– Estoy segura de que se lo pasará muy bien en Los Lobos. Es un lugar estupendo para los niños, sobre todo, en verano -Jill no había comenzado a sufrir las restricciones de la vida en un pueblo pequeño hasta que había entrado en el instituto.

– Eso espero. Hacía tiempo que no la veía. Después del divorcio… -dijo, y se encogió de hombros, lo cual no explicaba demasiado.

– ¿Ha tenido su madre una actitud difícil? -le preguntó ella.

– No. Carly ha sido estupenda. Fue culpa mía. Me alejé durante un tiempo, y eso le hizo daño a Emily. Ella es sólo una niña, y yo debería haberme dado cuenta. Quiero la custodia compartida, pero tengo que ganarme ese privilegio. Eso es lo que voy a intentar este verano.

Cuando se quedó en silencio, Jill tenía más preguntas que respuestas en la cabeza, pero pensó que sería mejor no presionar.

– Espero que las cosas funcionen.

– Yo también. Emily es lo más importante de mi vida -dijo él, y volvió a sonreír-. Tu tía ha accedido a ayudarme a cuidarla durante la jornada de trabajo. ¿Debería pensármelo de nuevo?

– ¿Por lo que dije antes de que no le gustan los niños?

Él asintió.

Jill hizo un gesto negativo.

– No. A mi tía no le gustaba mucho dar clases, pero siempre fue maravillosa cuando yo era niña.

– Es bueno saberlo -dijo él.

– Tu hija ha llegado antes, ¿no? ¿Qué tal ha ido todo?

Mac miró hacia la casa.

– Bien. Carly la ha traído desde Los Angeles y se quedó hasta que fue la hora de acostarse. Yo sólo tuve que quedarme en un segundo plano. El examen de verdad llegará mañana por la mañana.

– La quieres -le dijo Jill-. Y eso cuenta mucho.

– Eso espero.

Jill iba a extenderse en aquel punto pero recordó que su experiencia con los niños era nula. No era porque ella no hubiera querido tenerlos. Pero la comadreja mentirosa pensaba que debían esperar y, por motivos que ella no tenía nada claros, habían esperado. Por supuesto, en aquel momento estaba contenta. Los niños habrían complicado el divorcio.



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