
– Ah, mejor. Lo necesitaba.
– ¿La siesta, el coñac o el desmayo?
– Quizá las tres cosas.
Él se detuvo frente a ella y se apoyó en la barandilla, con una media sonrisa.
– ¿Recuerdas algo de lo que ocurrió esta tarde?
Tuvo la sensación de que no estaba hablando del viaje desde San Francisco. Aquella pregunta hizo que se sintiera insegura.
– ¿Por qué? ¿Hice algo memorable antes… eh… de desmayarme? -¿habría vomitado, o algo por el estilo?
– No. Te quedaste muy callada, se te cayó la leche de las manos y después te desmayaste.
– Genial -dijo, y recordó el momento en el que se había despertado-. ¿Cómo llegué al sofá?
La media sonrisa de Mac se transformó en una sonrisa de oreja a oreja.
– Gracias.
¿La había llevado él? ¿Había estado realmente en brazos de Mac y no había estado consciente en ese momento? ¿Podría ser la vida aún más injusta?
– Ah, gracias. Ha sido muy amable por tu parte.
Lo que ella quería saber era si él había disfrutado de aquella experiencia, si había pensado que era algo más que una tarea, si alguna vez ella se le había pasado por la mente en los diez años anteriores. El bajó los peldaños y se sentó. Su muslo estaba muy cerca de los dedos de los pies de Jill, que estaba descalza. Si movía el pie un centímetro, se estarían tocando. Jill comenzó a pasarse el cepillo por el pelo mojado y se tragó un suspiro de frustración. Uno pensaría que debía ser más madura que antes, pero podía equivocarse.
– Así que has vuelto al pueblo -dijo ella, al ver que no se le ocurría un tema de conversación más interesante.
– Justo a la puerta de al lado -dijo él, señalando su casa.
– ¿Con tu hija? -le preguntó Jill, con la esperanza de haber recordado bien.
El buen humor se borró de la expresión de la cara de Mac, y se transformó en tensión y dolor.
