
Quince minutos más tarde, Shelley tenía una cita para aquella tarde. Jill le dijo que podría recuperar el tiempo entrando un poco más temprano los dos días siguientes.
– Eres la mejor -le dijo Shelley al salir del despacho-. Si alguna vez necesitas que haga algo, dímelo. Lo digo en serio. Un riñón. Tener tu bebé, quizá.
– Quizá puedas mirar el expediente que te he dejado en el escritorio -le dijo Jill con una carcajada-. Es para mañana a primera hora.
– Claro. En este segundo. Gracias.
Jill siguió riéndose suavemente mientras volvía la vista hacia la pantalla de su monitor. Ojalá todos los problemas de la vida tuvieran una solución tan fácil.
Dos horas más tarde, levantó la vista de la investigación que estaba haciendo. Café, decidió. Un pequeño y agradable empujón para su cerebro. Se puso de pie y fue hacia la sala de personal, donde esperaban las máquinas de café y la energía líquida.
Por el camino, se dirigió hacia el otro lado del bufete, donde estaba el despacho de su marido, también un asociado de tercer año. Habían tenido tanto trabajo durante las últimas semanas que apenas se habían visto. Ella tenía libre la hora de la comida. Si Lyle también la tenía, quizá pudieran comer juntos.
Su secretaria no estaba, y la puerta de su despacho estaba cerrada. Jill llamó suavemente una vez, y después entró. Avanzó silenciosamente, porque no quería interrumpirle si estaba al teléfono.
Y estaba ocupado, sí, pero no con una llamada. Jill se quedó petrificada en mitad del despacho. Se le cortó la respiración y se le cayó el vaso de café de las manos. Sintió cómo el líquido ardiente le salpicaba las piernas.
Su marido, con el que llevaba tres años casada, el hombre con el que vivía, trabajaba y para el que cocinaba, estaba de pie junto al escritorio. Su chaqueta estaba en el respaldo de la butaca, y él tenía los pantalones y los calzoncillos por los tobillos mientras embestía fogosamente a su secretaria. Tan fogosamente, de hecho, que ni siquiera se dio cuenta de que Jill había entrado.
