– Oh, sí, cariño -susurraba Lyle-. Así…

Pero la mujer vio a Jill. Palideció y empujó a Lyle para que se apartara de ella.

Más tarde, Jill recordaría el silencio, y cómo le pareció que el tiempo se detenía. Más tarde recordaría cómo se habían caído los papeles del escritorio cuando la secretaria se había incorporado y se había subido las medias. Más tarde, querría matar a Lyle. Pero en aquel momento, lo único que podía hacer era quedarse mirando sin poder dar crédito a sus ojos.

Aquello no estaba sucediendo, se dijo a sí misma. Él era su marido. Se suponía que la quería.

– La próxima vez, llama a la puerta -le dijo él, mientras se agachaba para subirse los pantalones.

«Lo he hecho», pensó ella. Demasiado estupefacta como para sentir nada, salió corriendo del despacho.


Cuarenta y cinco horas y dieciocho minutos más tarde, Jill decidió que ser enterrado vivo era algo demasiado suave para Lyle. Sin embargo, ella tenía que vengarse de alguna manera. Por desgracia, como no tenía ni idea de cómo llevar a cabo la venganza que necesitaba tan desesperadamente, por el momento tendría que conformarse con pensar en el divorcio.

– Asquerosa comadreja mentirosa -murmuró ella, mientras aminoraba la velocidad para tomar la salida hacia la autopista oeste.

La susodicha comadreja estaba en aquel momento en San Francisco, mudándose a lo que debería haber sido el nuevo despacho de socio adjunto de Jill. Sin duda, celebraría lo que debería haber sido el ascenso de su mujer llevando a su secretaria a cenar, seduciéndola con uno de los vinos de la bodega que Jill llevaba años reuniendo y después llevándosela a la cama de matrimonio que Jill había comprado.

Sí, era cierto. Aquel día había ido de mal en peor. No era suficiente con que hubiera sorprendido a su marido en el acto. Además, aquella tarde la habían despedido.



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