
– ¿Tu ex?
– Sí.
– Si la venganza implica que vas a vulnerar la ley, no quiero saberlo.
– Me parece justo. Sin embargo, probablemente no haré nada ilegal. No quiero que me inhabiliten para ejercer la abogacía -aquello reducía las posibilidades, pero no tenía importancia. Tendría que ser aún más creativa-, ¿Han empezado ya los campeonatos de béisbol de verano? -le preguntó.
Mac asintió.
– Claro. Hay partido todos los fines de semana.
– Magnífico. Empezaré a aparcar justo al lado del campo de entrenamiento. Se escaparán un montón de bolas.
Él hizo un gesto de desagrado.
– ¿Es ese 545 el coche de Lyle?
– Es un bien ganancial. Lo compró con el activo conjunto.
– Si yo fuera tú, tomaría nota de eso para decírselo al juez.
– Lo haré.
Él se rió.
Jill se acercó las rodillas al pecho y suspiró. Aquello era muy agradable. Divertido. Si ella hubiera tenido dieciséis años, hablar con Mac en la oscuridad habría sido la respuesta a todas sus plegarias. A los veintiocho, no estaba nada mal, tampoco.
– ¿Por qué has venido aquí? -le preguntó él-. Podrías haber conseguido un trabajo en cualquier sitio.
– Gracias por el voto de confianza. Es algo temporal. En realidad, fue idea de mi padre.
Mac se la quedó mirando fijamente.
– ¿Te lo sugirió él?
– Oh, sí. Cuando le conté lo que había pasado, me dijo que aquí había una plaza vacante. Uno podría pensar que al haberse cambiado al otro lado del país ya no se entrometía tanto en los asuntos del pueblo, pero no es así. Es como si todavía estuviera al otro lado de la esquina, en vez de en Florida.
– Pues sí -convino Mac-. Fue el juez Strathern el que me dijo que el puesto de sheriff de Los Lobos estaba vacante.
