Jill no sabía qué la había sorprendido más, si que su padre se mantuviera en contacto con Mac o si que Mac todavía se refiriera a él de una manera tan formal. Se conocían desde hacía muchos años. Mac había crecido, prácticamente, en la casa de su padre. Por supuesto, el hecho de que Mac fuera el hijo del ama de llaves probablemente ponía su relación a un nivel diferente. Aunque a ella aquellas cosas no le importaban en absoluto. Cuando era una adolescente, sólo le importaba lo estupendo que era Mac y cómo su corazón aleteaba como un colibrí cuando él le sonreía.

– Así que mi padre tiene la culpa de que ambos estemos aquí -dijo-. Aunque tú estés a gusto.

– Quizá el pueblo comience a gustarte.

– No creo.

Jill comenzó a pasarse los dedos entre el pelo y se dio cuenta de que había comenzado a secársele. En cuestión de minutos se convertiría en una masa de rizos salvaje. Comenzó a hacerse una trenza.

– No recordaba que tuvieras el pelo tan rizado -dijo él, observándola.

– Tiene vida propia. Me lo aliso con una combinación de productos y de fuerza de voluntad, todos los días.

– ¿Y por qué te tomas tantas molestias?

Hombre tenía que ser.

– Para mantenerlo controlado y aparentemente normal.

– El pelo rizado es sexy.

Aquellas sencillas palabras consiguieron que a Jill se le encogiera el estómago y se le secara la boca. Tuvo ganas de soltarse la trenza y sacudir la cabeza hasta que todos los rizos estuvieran en su lugar. Tuvo ganas de bailar por el césped y anunciarle al mundo entero que Mac pensaba que ella tenía un pelo sexy.

– Sobre todo cuando es largo, como el tuyo.

Aquello iba mejor y mejor.

– Gracias.

Oh, su voz sonaba tan despreocupada… Afortunadamente, él no podía ver el coro de hormonas que estaban acompañándola.

Mac se puso de pie.

– Ha sido muy agradable hablar contigo, Jill. Pero ahora tengo que volver a casa y ver si Emily está bien. No quiero que se despierte y se vea sola en la casa.



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