Mac llegó con Emily exactamente a las seis. Había cambiado el uniforme por unos pantalones y una camisa, pero estaba igualmente sexy. Aquel hombre no iba a ser más que un problema para ella, pensó mientras se concentraba en la niña que estaba detrás de él. Emily era pequeña y delgadita. Tenía los ojos grandes, azules, y el pelo rubio dorado. Toda una belleza, lo cual hizo que a Jill le cayera instantáneamente mal su madre. Sin duda, ella sería otra belleza. Pero, en realidad, ¿cuándo había salido Mac con una chica que no fuera despampanante?

– Hola -le dijo Jill, sonriendo-. Soy Jill, la sobrina de Bev. Me alegro de conocerte.

La niña le devolvió la sonrisa tímidamente.

– Hola. Bev me ha dicho que eres abogada. Que tú te encargas de que la gente cumpla la ley.

– Cuando tengo un buen día.

Mac le tocó el brazo a Bev.

– Gracias por hacerme este favor. Tardaré lo menos posible en la cita.

– No te preocupes. Emily y yo nos lo hemos pasado muy bien esta tarde, y esta noche también nos vamos a divertir, ¿verdad?

La niña asintió.

– Estupendo -dijo Mac, mirando su reloj-. Voy a llegar tarde. Volveré en cuanto pueda.

Jill lo acompañó hasta la puerta.

– ¿Vas a cenar?

– Quizá después. Típico masculino.

– Buena suerte con el trabajador social. Si piensas que necesitas asesoramiento legal, dímelo.

– Tú eres abogada de empresa. Ésta no es tu especialidad.


– Cierto, pero si yo no doy con la solución, seguro que conoceré a alguien que tenga respuestas.

– Lo tendré en cuenta.


Mac llegó al edificio de los servicios sociales del condado a las seis y veintiocho de la tarde. Entró, subió las escaleras del primer piso y comenzó a recorrer el pasillo. Se detuvo ante la puerta de uno de los despachos, cuyo rótulo decía Hollis Bass, que estaba medio abierta. Llamó suavemente.



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