
Desgraciado. Se había quedado con su oficina y con su ascenso, mientras que ella sólo tenía un estúpido coche y un montón de peces.
– ¿Y cuál es el motivo de esta llamada? -le preguntó ella, sujetando su temperamento con ambas manos-. He pedido el divorcio. Te llegarán mañana los papeles. Salvo por el acuerdo económico, esto ha terminado. Terminó hace mucho tiempo.
– Quiero que me devuelvas mi coche.
– Lo siento, no. Tú lo has conducido durante un año, y ahora me ha llegado el turno. Es un bien ganancial, Lyle. Te acuerdas, ¿verdad?
– Lo recuperaré, y cuando lo consiga, no quiero que tenga ni un solo rasguño. Si lo tiene, te haré que lo pagues.
– Lo dudo. Yo siempre fui mejor abogada. Si quieres hablar de algo más conmigo, hazlo por correo electrónico. No quiero hablar más contigo -le dijo, y colgó sin despedirse.
Estaba un poco temblorosa por dentro, pero aparte de aquello, se sentía bien. No estaba estupendamente, pero tampoco estaba destrozada. Aun así, preferiría que él no hubiera llamado.
– Quiere que le devuelva su coche -dijo ella, al volverse para mirar a su tía.
– Ya lo he oído -dijo Bev, sacando del horno una lasaña que borboteaba-. No va a jugar limpio durante el divorcio. ¿Has tomado precauciones?
– Sí. Lo hice todo antes de salir de San Francisco. Transferí la mitad de nuestros ahorros a mi nueva cuenta, cancelé todas las tarjetas de crédito que estaban a nombre de los dos, y ese tipo de cosas.
– ¿Y realmente le van a entregar los papeles del divorcio?
– Por supuesto que sí. Se los van a llevar al trabajo. Casi me gustaría estar allí para ver toda la escena.
Su tía le sirvió un vaso de vino tinto y se lo tendió.
Jill lo aceptó.
– Después de lo que ocurrió ayer con el coñac, iba a dejar el alcohol durante una temporada, pero quizá no lo haga.
