
Claro. Para ver mejor si Mac estaba estropeando las cosas.
– Ella estará conmigo o con la persona que la va a cuidar durante el día. Ya remití la información a tu oficina.
– Sí, la tengo aquí -dijo Hollis, y abrió una carpeta-. Beverly Cooper, una residente del pueblo. Cincuenta y tres años, soltera. Un poco excéntrica, pero se la considera una buena persona. No tiene antecedentes penales.
Mac tuvo un ataque de ira. ¿Aquel niñato había investigado a Bev? Tuvo ganas de decir algo, pero se recordó que él era quien había tomado las decisiones que lo habían puesto en aquella situación. No podía culpar a nadie, salvo a sí mismo.
– ¿Conoces los términos del acuerdo de custodia? -le preguntó Hollis-. Debes mantener un empleo legal, tener reuniones regulares conmigo, mantener una casa adecuada para tu hija y preocuparte de que todas sus necesidades estén cubiertas. Además, no cometerás ningún delito, ni siquiera puedes ser acusado de ningún delito.
– No tengo ningún problema con eso.
– Me alegro -dijo Hollis, y cerró la carpeta-. Mac, voy a ser claro contigo. No creo que los policías sean buenos padres.
Aquélla era una de las ocasiones en las que Mac odiaba tener razón.
– ¿Y por qué lo piensas? -le preguntó, apretando los dientes para no dejarse llevar.
– Por observación personal. Los hombres que están en tensión día a día tienen problemas para relacionarse con sus familias, sobre todo con sus hijas. Demasiada presión, demasiada violencia… eso puede cambiar a una persona. Mira tu propia experiencia. De acuerdo con lo que he leído en el expediente, tu divorcio y tu separación de Emily se debieron al tiempo que estuviste en la policía.
Por mucho que lo detestara, Mac tuvo que reconocer que el chico tenía parte de razón.
– ¿Y cómo van las cosas con la niña? -le preguntó el trabajador social, con la voz suave y amable.
