
Mac pensó en Emily. Su hija apenas le hablaba, se vestía monocromáticamente, comía de la misma forma y mantenía una distancia emocional con su entorno.
– Muy bien -dijo él, con desenvoltura-. No podría ir mejor.
Hollis suspiró.
– Pienses lo que pienses de mí, en lo personal, de veras quiero ayudar.
– Lo tendré en cuenta.
– Está bien. Nos veremos la semana que viene.
Mac se sentó al borde de la cama de su hija. Habían sobrevivido las veinticuatro primeras horas. No podía considerar que todo había sido una victoria, pero al menos no había sido un desastre total. Emi no hablaba mucho cuando él estaba presente, pero tampoco había dicho nada de marcharse. Él no creía que pudiera soportar aquello.
– ¿Qué tal el día? -le preguntó, aunque sabía que era mejor no hacerlo.
– Bien.
– ¿Qué le ha parecido Beverly a Elvis?
Ella sonrió ligeramente.
– Le ha caído bien.
– Elvis siempre ha tenido muy buen gusto con las mujeres. A mí me parece que es muy divertida.
– Me cae bien Jill.
Él pensó en la belleza esbelta de la casa de al lado.
– Ya me imagino.
– Hemos jugado a disfrazarnos para la cena. Me ha dejado que yo fuera la princesa y ella ha sido mi doncella.
– Qué amable -dijo, y se acercó a su hija para acariciarle el pelo-. Estoy muy contento de que estés aquí, Em. Te he echado mucho de menos.
Ella abrió mucho los ojos, pero no dijo nada.
Él esperó, con la esperanza de que hablara. Sin embargo, después de unos segundos, se inclinó hacia ella y le besó la mejilla.
– Que duermas bien, hija.
– Buenas noches.
Mac apagó la luz y salió de la habitación. Suspirando, bajó las escaleras. ¿Cómo iba a arreglar las cosas con su hija? ¿Cómo iba a conseguir hacer su trabajo, mantener contento a Hollis, curarse la brecha emocional y averiguar qué debería hacer después?
