En aquel momento, oyó pasos en el porche de la casa y se dirigió a abrir la puerta principal. Jill le sonrió.

– Sé que no has cenado, así que te he traído lasaña -le dijo, mientras le tendía un plato cubierto con papel de plata.

– Nunca he sido capaz de resistirme a una mujer con comida -dijo él, y abrió de par en par para dejarle paso-. ¿Quieres hacerme compañía?

– Claro. ¿Ya está Emily acostada?

– Sí.

Ella le dio el plato y lo siguió a la cocina. Aquella casa era muy parecida a la de su tía, pero tenía más metros y un jardín más grande.

– ¿Te apetece tomar algo? -le preguntó él-. Cerveza, vino, cereales morados…

Jill se rió.

– ¿Qué tal una copa de vino? Sólo me he tomado una copa hace tres horas, así que no creo que esté en peligro.

– ¿No quieres repetir lo de ayer?

– Creo que no. Prefiero limitar mi número de desmayos al mínimo.

– Buena política.

Él sirvió dos vasos de vino y los dos se sentaron a la mesa. Cuando él retiró el papel de plata que cubría la lasaña, el delicioso olor que desprendía hizo que le rugiera el estómago.

– Mmm -dijo, al probarla-. Tu tía cocina maravillosamente.

– Estoy de acuerdo. Yo he repetido en la cena -le dijo ella-. Y tu hija también. ¿Quieres saber cómo hemos conseguidlo que Emily comiera lasaña?

Él miró la salsa de tomate que cubría la lasaña y recordó que su hija iba vestida de morado.

– ¿No protestó?

– Jugamos a disfrazarnos, y casualmente, el vestido de princesa que se puso Emily era de color rojo. No se cambió hasta después de cenar.

– Muy astuto.

– Fue cosa de mi tía, no mía. La idea se le ocurrió a ella.

– Siento que sea tan difícil.

– ¿Emily? No lo es. Es muy mona.

– Pero está pasando por una temporada difícil. El divorcio. El hecho de tener que estar aquí durante el verano.

– Claro. Todo eso será extraño para ella, pero si su peor reacción es intentar manipular un poco a los adultos que la rodean siendo caprichosa con la comida, creo que todo va a salir bien. Es una forma muy tranquila de desahogarse.



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