Tess agarró la cuchara que venía con la tarrina de helado y se puso manos a la obra. La primera cucharada de vainilla se posó sobre su lengua, se deshizo lentamente y descendió por su garganta. La agradable sensación la incitó a continuar, hasta que no quedó nada del suculento manjar en la tarrina.

Después del banquete, agarró una revista que había sobre la mesilla de noche.

Había tenido un día muy largo y lo último que necesitaba era una escena de Lucy. Tal vez, si se quedaba callada, su hermana acabaría por quedarse dormida donde estaba y Tess no tendría que enfrentarse a un nuevo episodio del drama vital de Lucy Ryan.

Pero sus esperanzas se desvanecieron pronto.

– Podrías mostrar más apoyo -dijo Lucy.

– ¿Alguien ha hablado? No oigo nada -dijo Tess-. Si quieres discutir algo conmigo, te invito a que lo hagamos como dos personas adultas. De otro modo, me niego a hablar contigo.

Lucy había vuelto a Atlanta hacía dos años, después de divorciarse de su tercer marido, un jugador de fútbol rumano, y justo antes de empezar a salir con un banquero británico. Tess estaba por entonces viviendo en casa de sus padres, mientras encontraba una casa. Pero, en aquel momento, su padre había decidido aceptar un nuevo destino diplomático y se había marchado con su segunda mujer a Varsovia.

Tess y Lucy se habían quedado, así, a cargo de la mansión familiar.

Tess no había dudado un segundo y había aceptado ante la perspectiva de no tener que pagar renta durante una buena temporada.

Pero muy pronto, Lucy había vuelto a caer en sus manías y hábitos infantiles: se dormía entre las flores del jardín a horas intempestivas, salía por la ventana de su habitación a gatas y se recorría la cornisa con notoria habilidad, se escondía debajo de las camas cuando entraba en una de sus crisis emocionales…



2 из 110