
– Lucy, no me parece bien que…
– ¡Vamos Tess, no seas aguafiestas! Además, llamará rápidamente al Club del automóvil y le solucionarán el problema…
– ¡Lo que has hecho es un acto de vandalismo! -dijo Tess.
– No, yo creo que no. Sin embargo, echarle pintura a su coche si puede que se considere vandalismo.
Tess la miró boquiabierta.
– ¿Qué? ¿Has echado pintura en su coche?
Lucy miró su reloj.
– No, todavía no. Pero está a punto de ocurrir.
– ¿Qué… qué demonios quieres decir con eso de que está a punto de ocurrir?
Lucy agarró la mano de su hermana y la obligó a sentarse junto a ella en el sofá.
– Después de lo de las ruedas, me fui a su casa y le preparé otra sorpresa -dijo en voz baja, como para que nadie la oyera-. Puse un par de botes de pintura en los pilares de ladrillos que hay a los lados de la puerta de entrada. Até las asas de los botes de pintura con una cuerda. En cuanto las puertas se abran, la pintura caerá sobre su coche -Lucy abrazó efusivamente a su hermana-. ¡Ha sido fantástico! ¿Qué podemos hacer lo siguiente?
Tess se apartó de su hermana.
– ¡No vamos a hacer absolutamente nada. Has atentado contra la propiedad ajena y eso es un crimen!
– Ya lavará el coche después.
– ¿Has utilizado pintura de látex?
Su hermana frunció el ceño.
– ¿Qué es eso? Yo lo que he usado es la pintura esa que los jardineros utilizan en los muebles de jardín.
– ¡Eso no se limpia con agua! ¡Podrían arrestarte y llevarte a la cárcel! Y seguro que has dejado tus huellas dactilares por todas partes.
Tess se sintió tremendamente culpable. Aquella idea descabellada de la venganza había venido de su consejo de darle fin a la relación. Ella sabía que su hermana siempre se iba a los extremos. Debía de haber imaginado que algo así podría suceder. Lucy se levantó airosa.
