
Primero fue el pez. Luego el perro.
– Y ahora una mujer maravillosa -murmuró Drew-. ¿Cuál es mi problema?
– ¡No tiene por qué ser el mismo! -se dijo Tess una y cien veces en el recorrido desde el museo hasta su casa. Andrew era un nombre muy común. Podría haber cientos de arquitectos que se llamaran así. Claro que, Andrew Wyatt y rico, era demasiada coincidencia.
Sin embargo, su hermana había alabado con frecuencia sus ojos oscuros y su agujerillo en la barbilla. El Drew que Tess acababa de conocer tenía unos devastadores ojos azules y nada de hoyito en la barbilla.
– No es más que una coincidencia de nombre -murmuró Tess para sí. Levantó la vista y se encontró a Lucy delante de ella, con una inmensa sonrisa dibujada en la cara.
– ¡Lo hice! -le anunció orgullosa.
– ¿Hiciste qué?
– He sellado el final de mi relación con Andy Wyatt. He llamado a su oficina y me dijeron que estaba en el museo de arte, en una de esas fiestas benéficas. Así que me fui hasta allí y le pinché las cuatro ruedas. ¡Está tan estúpidamente obsesionado con ese maldito coche, que se lo merecía!
A Tess le dio un vuelco el corazón, al escuchar la confirmación de sus peores temores. ¡Era de esperar! El único hombre interesante que conocía en dos años y resultaba ser el sádico que acababa de abandonar a su hermana.
– ¡Me siento tan liberada! -decía alegremente Lucy, mientras corría alrededor de la mesa del comedor-. Me siento traviesa también, muy traviesa.
La estúpida carcajada que acompañó al comentario llenó todo el espacio.
Tess se frotó la frente. Trataba de encajar las piezas de aquel rompecabezas, pero le resultaba casi imposible. Drew Wyatt no parecía tan terrible como su hermana se lo había descrito. No podía ser. Quizás su hermana había malinterpretado sus motivos y sus acciones.
