
Tess miró al reloj y se apresuró a subir de nuevo.
– ¡Te has vuelto a olvidar de desatar la lata! Vamos Tess, no lo fastidies todo ahora.
¿Por qué demonios le había mencionado lo de poner fin a la relación a su hermana? Habría sido mucho más fácil que su hermana se pasara una larga noche bajo la cama y que se las arreglara sola con su problema.
– ¿Por qué? -se volvió a preguntar Tess-. Pues porque no eres más que una sentimental, que ha hecho parte de su vida la misión de cuidar de una hermana imposible.
Por fin llegó a la parte de arriba del segundo pilar. Un perro la miraba desde abajo y se relamía al verle los dedos desnudos de los pies.
Un pequeño grito y un traspiés fueron suficientes para que la meticulosa tarea sufriera un cambio de curso. Al sentir que se caía se agarró a lo primero que encontró, con tan mala suerte de que se trataba, precisamente, de la cuerda con la que había atado el enorme bote de pintura.
Mientras caía veía, como en cámara lenta, que la lata descendía detrás de ella.
Ella cayó sobre unos matorrales y la lata de pintura sobre su estómago. Su cara, brazos, hombros y piernas estaban completamente rociados de pintura blanca.
Se levantó para sacudirse los restos de pintura y, en ese preciso instante, la deslumbraron los focos de un coche.
Pronto pudo comprobar que era el BMW negro con las ruedas ya infladas.
Drew presionó el botón del control remoto y esperó a que las puertas se abrieran.
Tess contuvo la respiración y rezó porque no la viera. El coche continuó su camino sin reparar en su presencia, lo que no dejaba de ser francamente sorprendente, puesto que tenía el mismo aspecto que Casper, el fantasma amigable, y resplandecía como una estrella.
Tess sintió algo húmedo en el codo y, al volverse, vio que el perro estaba chupando el único huequecillo sin pintura que quedaba en su cuerpo.
– Fuera de aquí, chucho, fuera -el perro bajó la cabeza y se marchó sin protestar.
