En cuanto ella se sintió a salvo de perro y dueño, escaló la verja y salió de allí.

Antes de meterse en el coche, se quitó el vestido, completamente destrozado por la pintura. No estaba dispuesta a estropear también el coche. Claro que, si la policía la paraba, le iba a resultar bastante complicado explicarles su desnudez. Tendría que inventarse algo más creíble que la verdad.

Cerró la puerta del coche y se miró en el retrovisor.

– Esta es la última vez que te salvo el pellejo, Lucy Ryan -murmuró entre dientes-. ¡La última vez!


– ¡Lo has estropeado todo!

Tess puso las manos sobre la mesa y miró a su hermana con furia.

– ¡Mírame! -le dijo-. ¡Ni siquiera he logrado quitarme toda la pintura de la cara!

– La palidez está de moda -dijo Lucy.

– ¡Me importa un rábano que la palidez esté de moda o deje de estarlo! Si tu estúpida idea se hubiera convertido en una realidad, habrías acabado en la cárcel.

– No entiendo por qué estás de tan mal humor.

– ¡Me duele la cabeza por la cantidad de aguarrás que he tenido que usar y tengo el pelo completamente blanco! -dijo Tess. Lucy abrió la boca para responder, pero su hermana no la dejó-. No te atrevas a decirme que se llevan las mechas blancas.

– ¿Sabes lo que te digo? Que me importa un rábano que estés furiosa. Yo me siento extraordinariamente bien y me sentiría aún mejor si mi plan hubiera funcionado como tenía previsto.

– Lucy, se acabó. Ya has puesto fin a tu relación. Ahora tienes que seguir con tu vida.

Lucy se estiró la falda de diseño que llevaba.

– Te haré saber lo que decido, cuando lo haya decidido -respondió.

Tess arrugó el ceño. Estaba a punto de lanzarle un ultimátum, cuando el intercomunicador sonó. Tess pulsó el botón y respondió.

– Tess, hay un hombre aquí que quiere verte. Dice que te conoce.

Tess agarró la agenda.



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