Recientemente, había aparecido un artículo sobre ella en una importante revista de negocios. Aquella publicidad le había dado aún más prestigio.

Pero, contrariamente a lo que pudiera parecer por su trabajo, a Tess no le gustaban las fiestas. Siempre se refugiaba en algún oscuro rincón y observaba el evento que ella misma había organizado. Se convertía así en una observadora de su obra, vestida con un hermoso traje que, gustosamente, habría cambiado por unos vaqueros.

Tess cerró los ojos y escuchó el dramático llanto de su hermana.

Era jueves por la noche. Tenía tres fiestas contratadas para el fin de semana: una fiesta benéfica en el museo, el viernes, una cena política, el sábado y una lujosa celebración de cumpleaños para un conocido empresario de Atlanta, el domingo.

Tess se levantó de la cama.

– Voy a por un vaso de vino. ¿Quieres algo? -preguntó mientras se dirigía hacia la puerta.

– Galletas de queso -respondió Lucy-. Manteca de cacahuetes, una botella de whisky y… galletas de chocolate.

De camino a la cocina, Tess se detuvo ante la habitación de su hermana.

– Esta vez es peor de lo que esperaba -murmuró, al ver los trozos de porcelana rota que había esparcidos por todas partes. Lucy coleccionaba querubines de porcelana y su récord hasta entonces había sido de un máximo de tres figuritas estampadas contra la pared-. Esta vez han sido cinco.

Para cuando Tess regresó a la habitación, Lucy ya estaba sentada en la cama.

Tenía los ojos y la nariz rojos y el maquillaje completamente corrido.

Dejó la bandeja sobre la mesilla, agarró un pañuelo de papel de la caja que Lucy tenía en el regazo y se lo ofreció.

– El mundo sería mucho más llevadero si no hubiera hombres -dijo Lucy dramáticamente.



4 из 110