Según Lucy, él tenía una preciosa casa en Dunwoody, un coche estupendo y mucho dinero. Vivía de su trabajo como arquitecto para los altos círculos de Atlanta.

Tess ya no había necesitado saber más. Conocía el gusto en hombres de su hermana: guapo, sofisticado y delicado, uno de esos individuos que consiguen que las mujeres se empeñen en llamar su atención.

– Lucy, ese hombre no vale la pena. Es uno más, eso es todo.

Uno más de esos triunfadores con los que siempre daba su hermana y que Tess no parecía tener posibilidades de encontrar. No porque no tuviera oportunidades. Su trabajo la llevaba siempre a lugares y ocasiones llenos de apetecibles solteros. Pero nunca lograba la exacta combinación de buen peinado y un vestido que no la hiciera parecer como la foto del antes de un anuncio para adelgazar.

– Me gustaría que lo hubieras conocido -murmuró Lucy-. Andy era tan maravilloso.

– Pues yo prefiero, sinceramente, que no haya sido así. Eso impide que me vaya a buscarlo para matarlo.

Lucy se rió nerviosamente y miró a su hermana.

– Es un villano. Me hizo promesas. Incluso me dijo que me amaba. Y luego, me tiró como si fuera una zapatilla vieja -un nuevo río de lágrimas descendió por sus mejillas.

– Esto es lo que vamos a hacer -le dijo Tess-. Lo primero, quiero que te sientes y dejes de llorar.

Lucy se secó las lágrimas de las mejillas.

– No pienso hacer eso de la lista. Me obligaste a escribirla con lo de Raoul, pero yo no creo en ello.

¿Cómo iba a creer en algo así? Lucy era pura emoción. Su cabeza sólo le servía para llevar siempre un peinado impecable. Mientras que Tess se pasaba la vida leyendo sobre cómo mejorar su forma de vida y pensar positivamente, Lucy se dedicaba a vivir desaforadamente. Lo único que Tess habría querido era que su hermana hubiera sido un poco más precavida a la hora de lanzarse de cabeza a las mil relaciones en que se veía envuelta por minuto.



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