
– Pues eso de la lista te ayudó mucho, aunque tú ahora no quieras reconocerlo.
– Tampoco pienso hacer ese maldito ejercicio de visualización. No voy a imaginarme a Andy como una serpiente, ni como un sapo, ni nada de eso.
– Tengo una idea mucho mejor -le dijo Tess-. Se trata de zanjar la relación. Hay una teoría que dice que si se le pone el final adecuado a las cosas, especialmente a las relaciones, las rupturas resultan mucho menos dolorosas.
– ¡Podría llamarlo! -dijo Lucy, con los ojos brillantes-. Quizás si se entera de lo dolida que estoy, vea cuál ha sido su error. Así se daría cuenta de que no debía de haberme dejado de ese modo.
– ¡Lucy, poner un final quiere decir eso, exactamente, poner un final, no empezar todo de nuevo! -le gritó Tess.
– Bien, ¿y cómo se supone que voy a poner un final si no puedo llamarlo y decirle que todo se ha terminado?
Tess se armó de paciencia.
– Se trata de un final simbólico: quemar sus cosas, por ejemplo.
– ¿Y es necesario que queme sus cosas? Me dio unos regalos estupendos. ¿Por qué debería quemarlos?
Tess suspiró.
– Entonces, olvidemos lo de quemar nada. Pero podemos pensar en otra cosa, darle un final adecuado a la historia.
– Lo que realmente me gustaría hacer sería quemar su casa… o hundir su precioso coche en la piscina… o pintar su perro de color verde.
– No se trata de cometer un crimen -le explicó Tess.
– No creo que pintar un perro de color verde sea un crimen. Más bien sería una mejora. Ese maldito chucho es feo como un demonio.
– Lucy, se trata de romper con él, no con su perro.
– Pues piensa en algo -dijo Lucy-. Tú eres la que siempre ha hecho los planes y eres mucho más creativa que yo.
