
Especialmente Bruno, con su infalible olfato y su pésima vista. Jay se agachó, acarició a su perro y fue recompensado con un amistoso empujón de cabeza contra su mano.
– Venga, vamos a ver los daños.
Folsom Prison Blues resonó en su cabeza al abrir la puerta y empujarla con el hombro.
La casa olía a humedad, a falta de uso. El aire estaba estancado en su interior. Abrió dos ventanas a pesar de la lluvia. Había pasado los últimos tres fines de semana allí, repintando los dormitorios, enfoscando el alicatado de la cocina y el baño, y rascando lo que parecían ser años de suciedad en el porche trasero, donde una vieja lavadora se había convertido en el hogar de un nido de avispas. La oxidada máquina, junto con su legión de avispas muertas, ya era historia; unas macetas de terracota con plantas trepadoras ocupaban su lugar sobre las tablas del suelo recién pintadas.
Pero estaba lejos de haber terminado. Tardaría meses en adecentar la casa. Dejó sus bolsas en el pequeño dormitorio y luego caminó hasta la cocina, donde un viejo frigorífico zumbaba sobre el resquebrajado linóleo que aún debía reponer. Dentro del frigorífico, además de un trozo de queso seco y agrietado, descubrió un paquete de seis cervezas Lone Star al que solo le faltaba una botella, y asió una por su largo cuello. Era extraño, pensaba, cómo Baton Rouge, de todos los lugares, se había convertido en su refugio lejos de Nueva Orleans, la ciudad donde había trabajado y crecido.
