Puede que lo hagas por tu salud mental. Estabas seguro de necesitar un maldito cambio. Y de todas formas, ¿qué podría ir mal en enseñar Ciencia Forense y Criminología durante un trimestre a unas mentes jóvenes e inquietas?

Cambió de marcha y sacó su camioneta de la calle principal, desviándola hacia las familiares calles laterales, donde la lluvia caía a través de las ramas de los árboles y las luces urbanas tan solo empezaban a encenderse. El agua siseaba bajo los neumáticos y pocos viandantes se atrevían a salir con la tormenta. Jay había abierto un poco la ventanilla y Bruno, una mezcla entre pit bull, labrador y sabueso de San Huberto, apretó su hocico contra la delgada rendija de aire fresco.

La voz de Cash resonaba en la cabina del Toyota mientras Jay aminoraba hasta los límites fronterizos de Baton Rouge.

«Mi mamá me dijo, hijo mío…»

Jay giró su Toyota hacia el resquebrajado camino de entrada a la casa en las afueras de Baton Rouge, un diminuto bungaló de dos dormitorios que había pertenecido a su tía.

«… nunca juegues con pistolas…»

Apagó la radio y el motor. La vivienda se encontraba en proceso de ser vendida por sus aguerridas primas, Janice y Leah, como parte de la propiedad de la tía Colleen. Las hermanas, que apenas se ponían de acuerdo en nada, habían accedido a permitirle el alojamiento en la propiedad mientras estuviese en venta, siempre que llevara a cabo algunas pequeñas reparaciones que el marido de Janice, una frustrada estrella del rock, no era capaz de realizar.

Con el ceño fruncido, Jay agarró su bolsa de viaje y su ordenador portátil antes de bajar del vehículo. Dejó salir al perro, esperó mientras Bruno olisqueaba y luego levantaba su pata sobre uno de los robles del patio delantero, antes de cerrar el Toyota. Alzó el cuello de la camisa para protegerse de la lluvia, se apresuró por el camino de ladrillo salpicado de hierbajos que llevaba al porche principal, donde una luz brillaba enfrentándose a la noche.



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