Le palpitaba el corazón y, a pesar del frío en el ambiente, comenzó a sudar.

Era un sueño, ¿verdad? Una horrible pesadilla en la que no podía moverse y se encontraba sobre un sofá de terciopelo, tan desnuda como el día en que vino al mundo. Le pareció que el sofá estaba ligeramente elevado, como si se encontrase sobre alguna extraña clase de escenario o estrado, rodeado por un público invisible; gente que se ocultaba en las sombras.

El terror le cerraba la garganta.

El pánico se apoderaba de ella.

No es más que un sueño, recuérdalo. No puedes hablar, no puedes moverte, son los clásicos signos de una pesadilla. Cálmate, apártalo de tu cabeza. Te despertarás por la mañana…

Pero no prestó atención a los consejos que revoloteaban por su cabeza, porque allí había algo escondido y en silencio. Algo no iba nada, nada bien en toda aquella situación. Jamás antes había estado aterrorizada por una pesadilla en la que hubiera pensado para sí misma que pudiera estar soñando. Y allí había una realidad inherente, una esencia que le hacía replantearse su razonamiento.

¿Qué podía recordar…? Oh, Dios, ¿había sido la noche anterior… o tan solo unas horas antes? Había salido a tomar unas copas con sus nuevos amigos del colegio, una especie de pandilla que andaba metida en eso del «Vampirismo gótico»… no, no… ellos insistían en que se trataba de Vampyrismo. Se suponía que esa arcaica pronunciación lo convertía en algo más real, o algo por el estilo. Hubo susurros, desafíos y Martinis rojo sangre sobre los que los demás habían insistido en que estaban teñidos con auténtica sangre humana. Había sido una especie de «rito de iniciación».



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