
Rylee no los creyó, pero había querido formar parte de su grupo, había aceptado sus desafíos, había consentido… y ahora… ahora estaba teniendo un viaje. Le habían adulterado la bebida, no con sangre, sino con alguna extraña droga psicodélica que le estaba provocando alucinaciones, ¡eso es! ¿Acaso no había percibido el matiz de vacilación en sus miradas cuando ella sostuvo aquel Martini rojo sangre y jugueteó con la copa entre sus dedos? ¿No había notado su fascinación, incluso temor, al no beber de la copa, sino devolverla con un ademán?
¡Oh, Dios…!
Aquella iniciación (sobre la que había pensado que no era más que una broma) había tomado un peligroso e inesperado giro. Recordaba vagamente haber accedido a formar parte del «espectáculo». Se había bebido la falsa sangre de la copa de Martini y sí, llegó a pensar que molaba todo eso de los vampiros, en lo que sus recientes amigos andaban metidos, pero no se había tomado en serio nada de lo que decían. Simplemente pensó que le estaban tomando el pelo, comprobando hasta dónde podría llegar…
Pero unos minutos después de tomarse la bebida, se sintió rara, más que borracha, y realmente fuera de sí. Más tarde comprendió que el Martini había sido adulterado con una potente droga y empezó a perder el sentido.
Hasta ahora.
¿Cuánto tiempo había transcurrido?
¿Minutos?
¿Horas?
No tenía ni idea. ¿Era una pesadilla? ¿Un mal viaje?
Rezó a Dios porque así fuera. Porque si aquello era real, entonces ella efectivamente se encontraba en un sofá, sobre un escenario, sin nada puesto, con su largo pelo enredado sobre su cabeza y las extremidades inmóviles. Era como si estuviera interpretando un papel en alguna espeluznante y retorcida obra; una que, estaba segura de ello, no tenía un final feliz.
Oyó un nuevo susurro de expectación.
La luz roja comenzó a parpadear suavemente, en armonía con los latidos de su aterrorizado corazón. Le pareció vislumbrar el blanco de docenas de ojos que la contemplaban desde la oscuridad.
