
«… Desde aquel día, una semana antes de Navidad», decía la periodista, «nadie ha visto a Rylee Ames con vida.». Una foto de la chica de veinte años apareció en la pantalla. Con los ojos azules, cabello rubio con mechas y una brillante sonrisa, Rylee Ames parecía el arquetipo de la chica californiana, tipo animadora, aunque la periodista decía que había asistido al instituto en Tempe, Arizona, y en Laredo, Texas.
«Les ha informado Belinda del Rey, transmitiendo para la wmta, en Baton Rouge.»
Rylee Ames. El nombre le resultaba familiar.
Interesado, Tay se apresuró en acceder a la página web del colegio y comprobó la lista de su clase, una que estaba actualizada con nuevos estudiantes o clases perdidas en sus programas. El primer nombre de la lista era Ames, Rylee.
Su radar policial estaba en máxima alerta y tuvo que tirar de las riendas de su mente para no caer de un horripilante escenario en otro peor. Violación, tortura, asesinato; había presenciado tantos crímenes violentos, pero trató de no precipitarse en ninguna conclusión, todavía no. No había pruebas de que hubiese sido víctima de ningún crimen, tan solo que había desaparecido.
